El Rincón de Joseca

Otro mundo es posible

Catalunya dice NO a las corridas ¡Gracias!

Posted by Joseca en 29/07/2010

La grana y el oro están de luto. Ayer por la mañana el Parlament catalán ha refrendado la Iniciativa Legislativa Popular promovida por la plataforma Prou!, que solicitaba poner punto y final a la celebración de las corridas de toros en Cataluña, retomando el camino iniciado por Canarias en 1991.

Monumental de Barcelona, año 2006

Esto no volverá a pasar

El mundo del toreo siempre ha estado rodeado de tópicos y falsedades. Entre los primeros podemos citar al que considera arte lo que no es sino una macabra amalgama de técnicas destinadas a inferir sufrimiento y muerte a un animal. No en vano, ya en 1980 la UNESCO, agencia de la ONU encargada de la ciencia, el arte y la cultura, dictaminó al respecto que “la tauromaquia es el terrible y venal arte de torturar y matar animales en público, según unas reglas. Traumatiza a los niños y los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación la ciencia y la cultura”. Los defensores de la mal llamada “Fiesta Nacional” suelen asimismo apelar a su presunto carácter cultural: asimilar tal espectáculo con disciplinas como la ciencia, el teatro, la poesía o a la historia, epítomes de la sensibilidad y de la intelectualidad humana no es sino una macabra equiparación que debiera provocar sonoras carcajadas de no ser por el resultado del “festejo”. Es habitual igualmente que aludan a la tradición, como si una actividad humana, por el hecho de repetirse en el tiempo, gozase de una legitimidad que la hace inmune a los avances sociales. Desconocen además quienes así piensan que la primera plaza de Toros en España fue construida ya en pleno s. XVIII, concretamente en 1749. Ocultan también que las corridas de toros tienen su origen “en las prácticas militares de las maestranzas en las que se adiestraban a los soldados para la guerra haciéndoles practicar la lanza con el toro. Para paliar el peligro que corrían jinetes y caballos se contrataron mozos equipados con trapos cuyo cometido era distraer al toro”. Es decir, la propia génesis del toreo lo vincula con la violencia y la muerte. En esto ha de reconocerse que ha sido fiel a sus orígenes. Por último, suelen censurar por contradictorio el afán abolicionista de los antitaurinos y su teórica indiferencia al sufrimiento que soportan otros animales destinados al consumo humano. Sin perjuicio de la falsedad de la premisa y de que, evidentemente, debe sellarse el padecimiento inútil provocado en cualquier animal, la diferencia es notable: del martirio ocioso e innecesario del toro se hace un espectáculo caprichoso que sólo por ese mero hecho violenta cualquier minimum ético.

Tampoco son menores las falsedades que se toman como verdades por los valedores de la tauromaquia. Muchos alegan que el toro por naturaleza tiende a la lucha, obviando que nos hallamos ante un animal herbívoro que como tal no goza de esa predisposición. Ciertamente confunden defensa e instinto de supervivencia con la agresividad propia de los carnívoros. También mantienen tesis como la de que el toro, cuando es banderilleado o picado, no siente dolor debido a la liberación de las célebres endorfinas. Parecen desconocer que este mecanismo de inhibición del dolor abandona el sistema nervioso de este animal, similar al del ser humano, cuando éste se inflinge de forma repetitiva y constante. Y ello con independencia del estrés que sufre el toro. Otra falacia que emplean para mantener las corridas es que su abolición conllevaría la desaparición del toro de lidia. Partiendo de la base de que confunden la especie (el toro) con la raza, y además con una raza artificial si es que puede calificarse como raza (el toro de lidia), existen innumerables ejemplos de animales que sin tener una utilidad directa para el hombre son protegidos. Como gráficamente se expone en el ya antiguo monográfico El placer de matar “sin corridas no habría ganaderos de toros de lidia ni toreros, pero afirmar que no habría toros equivale a decir que sin cazadores no habría perdices o que no existirían elefantes sin el tráfico del marfil”.

Por estos y muchos otros motivos, porque no concebimos el sufrimiento como espectáculo ni la tortura como diversión, porque no podemos asumir que sólo en 2009 se haya dado muerte a más de 10.000 toros en las plazas españolas, ayer fuimos muchos los que hemos celebrado casi con incredulidad lo acontecido en la Cámara catalana. Por desgracia, lejos de situar los derechos del animal en el centro del debate -derechos por cierto reconocidos por la Declaración Universal de los Derechos de los Animales aprobada por la ONU-, la eterna cuestión identitaria que afecta al Estado español ha logrado hacerse un hueco y no irrelevante a la hora de posicionarse a favor o en contra de la prohibición. Para analizar esta realidad, debe diferenciarse el contexto social del que surge la iniciativa del ámbito político en el que debe adoptarse la resolución.

Por lo que se refiere al primer aspecto, ha de tenerse en cuenta que la decisión del Parlament catalán tiene su origen precisamente en una Iniciativa Legislativa Popular. Han sido más de 180.000 firmas las que han obligado a la clase política a pronunciarse sobre el particular. No es por tanto un debate artificial o generado por ésta, sino un planteamiento que tiene sus raíces en la propia ciudadanía. En segundo término, la recogida de firmas tuvo lugar antes de conocerse el fallo del Estatut, por lo que vincular, como se ha hecho, ese movimiento con la sentencia del Tribunal Constitucional incurre en un error evidente. Y por supuesto, para todas las asociaciones de defensa animal la prohibición de las corridas de toros tiene un carácter simbólico innegable, pero eso no excluye el hecho de que también todas se oponen a cualquier festejo que conlleve el sufrimiento y la muerte del toro, por desgracia tan frecuente en nuestras tierras.

En cuanto al segundo, no puede negarse que la clase política y el mundo periodístico se han esforzado por plantear el debate como una cuestión de identidad nacional. En una orilla se han situado los defensores de la Fiesta Nacional, acusando a los contrarios de mostrar su rechazo no por consideración al toro de lidia sino por hacer desaparecer cualquier rasgo español en Cataluña. En la otra se encuentran abolicionistas que no consideran las corridas de toros como una manifestación cultural propia y por tanto entienden que no deben potenciarla, más aún en una comunidad autónoma donde no goza del arraigo que posee en otras partes de España. En el fondo ambos comparten una misma visión y a ella someten su posicionamiento: la identificación de la tauromaquia con una determinada concepción de España. Y ello no debiera servir ni para protegerla ni para denostarla. Esa es una decisión que, reitero, debiera partir de una reflexión íntima que tuviera como base el componente ético.

En consecuencia, el que unos u otros, en su momento en Canarias, ahora en Cataluña o después en Madrid, se muestren o no favorables a las corridas de toros por una razón de carácter identitario es algo que nos apena a todos los que desde hace tanto tiempo soñamos por ir residenciando en los libros de historia no sólo las corridas de toros sino toda suerte de espectáculos y festejos que tienen en el sufrimiento de los animales su razón de ser.

Mientras llega ese momento -que estoy seguro llegará-, lo acontecido ayer en el Parlament es una victoria parcial pero ciertamente simbólica que debe animarnos a seguir denunciando esa auténtica vergüenza nacional que son las corridas de toros, y ello con independencia de las motivaciones en las que hayan basado los políticos catalanes su particular postura, en un sentido u otro. Porque no sé ustedes, pero yo prefiero quedarme con lo que siente el toro que con lo que piensa el político. Y lo que está claro es que con la decisión de ayer gana aquél, y sobretodo gana el ser humano.

Post scriptum: quizás fuera positivo, a fin de dotar a la Fiesta Nacional de un merecido realismo, que en las plazas de toros se retransmitiese previamente a la corrida las barbaridades que sufren los astados las 24 horas anteriores a salir al ruedo en forma de encierro a oscuras, golpes en los testículos y los riñones o puesta de sacos de arena en el cuello. Quizás fuera oportuno que los capotes de los toreros fueran blancos y no rojos, al objeto de mostrar la crudeza del sangrado del toro. Y quizás, sólo quizás, también sería necesario que a los caballos no les seccionasen las cuerdas vocales para escuchar sus lamentos cuando son empitonados o que nos mostrasen las heridas y fracturas que sufren y que ocasionan que la mayor parte de ellos tan sólo aguanten con vida de 3 a 4 corridas. Quizás los amantes de la tauromaquia tendrían a bien concedernos éstas y otras realidades que permitiesen tener un conocimiento más aproximado de lo que sufren los animales antes y durante la lidia. No obstante, me temo que preferirán mantener las cosas como están. Que una cosa es enseñar un cuadro y otra muy distinta mostrar todos los bocetos previos.

Post Scriptum 2:  no dejéis de leer este artículo de Jesús Mosterín en El País.

Una respuesta to “Catalunya dice NO a las corridas ¡Gracias!”

  1. La clandestinidad nos marca. Somos una estrella de David en un abrigo de espiga polaco”. Con semejante peineta hiperbólica a la que se sujeta la mantilla de la demagogia, comienza su crónica taurina el enviado especial de El Mundo, Zabala de la Serna, en Barcelona.
    Primer día, tras la abolición parlamentaria, en el albero de la Monumental, donde el cronista “huele a gueto” mientras “las marionetas animalistas insaciables vuelven a manifestarse provocadoras” ante el edificio de la plaza de toros cuyos “minaretes que tantas glorias contemplaron […] tiemblan por la piqueta que la vaciará [a la Monumental] de útero“. Ojo, minaretes que -ahí queda eso- coronan “la que algunos dicen será la gran Mexquita de Barcelona”.

    Media entrada en la Monumetal; según la cuenta de la vieja: cuatro paganos, los músicos, los toreros, sus cuadrillas, la autoridad y los habituales gorrones que desconocen la existencia la taquilla. Todos, según el Sr. Zabala, clandestinos. Todos judíos marcados y rebozados en gabanes de grueso paño bajo el sol agosteño.

    Cuánta calentura -consecuencia lógica de llevar tantos refajos, supongo-.

    Saludos.

    P.S.Todos los entrecomillados pertenecen al artículo Clandestino en Barcelona, de Zabala de la Serna.

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